jueves, 9 de mayo de 2013

XX Agreguerías. Parte XXVII.


DXXI.
Los murciélagos se despojan de la frazada con que se calentaban cuando despliegan las alas.



DXXII.
Los fantasmas gustan de tomar el sol después de lavar su sábana blanca.



DXXIII.
El sostén es el antifaz de los pezones.



DXXIV.
El arquitecto que edifica rascacielos se olvidó de su escuadra escolar en lo alto de la grúa.



DXXV.
Los árboles del bosque nunca se cortan el cabello.



DXXVI.
Cuando caminamos por las calles adoquinadas parece que nos dirigimos al pasado.



DXXVII.
Acueducto: Argos que nos observa con sus ojos de piedra.



DXXVIII.
Balcones, pómulos de las edificaciones.



DXXIX.
La juventud es la vejez planchada que se arruga con el tiempo.
               


DXXX.
Un parque es un bosque que se quedó atrapado dentro de la ciudad.



DXXXI.
Los mendigos trabajan cuando se les da la gana.



DXXXII.
La vejez es la mejor dieta.



DXXXIII.
Los que se ahogan en el mar pareciera que se divierten chapoteando.



DXXXIV.
Los girasoles son los faros del día.



DXXXV.
Adivino que el gitano me estafará cuando me lea la mano.



DXXXVI.
El cielo es anciano: lo sé por sus canas.



DXXXVII.
El gusano de la botella de mezcal murió de una congestión alcohólica.



DXXXVIII.
La computadora sólo es una televisión más moderna con teclas.



DXXXIX.
Los sueños infantiles que lanzamos o embarcamos respectivamente en los aviones o barcos de papel, siempre se estrellan y hunden ante nuestros ojos de adulto.



DXL.
Cuando disfruto de la Ópera en la Sala de Concierto y observo a toda esa gente abriendo la boca, me siento en el consultorio del odontólogo.






Botella de mezcal con gusano.

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